La Columna de Benja Malandre.
Tras una nueva
eliminación, cuesta (y mucho) comprender
cuáles son los sentimientos tan encontrados que quedan en estos momentos; mucho
más cuesta explicarlos. Sin embargo, haciendo un esfuerzo y escarbando en la
herida abierta, me doy cuenta del sentimiento que queda detrás de toda esta
situación: nos han quitado hasta la pena.
Porque no siento
pena. Lo que más se parece (creo) de lo que conozco, se llama resignación. Y la
resignación es (creo) una acumulación de tristezas, una frustración reiterada.
La resignación sólo es posible en la ausencia de la esperanza. Porque la
frustración, cuando hay esperanza, produce pena. Hoy no siento pena.
Una vez consumado
el 3-0 de la ida tuve esperanza. Pensé que podíamos darlo vuelta. Pensé que
teníamos la posibilidad de tomarnos una pequeña, pequeñísima revancha de lo
vivido en el apertura del año pasado. Pensé (¿soñé?) que los hinchas cruzados
iban a pelearse las entradas, imaginé un San Carlos repleto, gritando y
alentando a tal punto que el único resultado posible sería la victoria. Realmente
creí en que podíamos haber aprendido algo, haber sacado algo positivo de lo que
fue esa final del año pasado, en que el inexplicable optimismo de las lechuzas
fue llenando de fe a su equipo, al tiempo que sembraba una cuota de
incertidumbre en el nuestro. Duró poco
la esperanza. Rápidamente comprendí que, como en todos los momentos difíciles,
hoy el estadio estaría al 40% de su capacidad, que iríamos los mismos 3 mil que
fuimos a la semi del clausura 2011, cuando teníamos al alcance de nuestras
manos la revancha de lo ocurrido sólo 6 meses antes, y que esos 3 mil no iban a
ser suficientes para crear ese único ambiente capaz de dar vuelta una llave tan
compleja. Una vez más me di cuenta que Católica tiene muchos simpatizantes,
pero muy pocos hinchas. Y aunque seamos los mejores, no seríamos suficientes.
Hubo un tiempo en
que sí éramos suficientes. ¿Dónde
quedaron esos clásicos universitarios de antaño, cuando el Nacional se llenaba
con igual cantidad de hinchas por bando? ¿Qué pasó con esas multitudes que
apoyaban a la franja hace no tanto tiempo? Las han ido extinguiendo. Y mi mayor
dolor es, paradójicamente, el éxito de un pequeño grupo, ese grupo de
dirigentes clasistas que ha ido logrando, con un trabajo de joyería,
transformar a la UC en su juguete, en su chiche, en su entretenimiento de fin
de semana. En un club exclusivo. Un
equipo con estadio lindo en un barrio lindo cerca de sus casitas lindas, donde
puedan llevar a sus hijos lindos en sus autos lindos a pasar un rato simpático.
Para eso, había que estar dispuesto a no jugar los partidos donde viniera la
chusma, por ejemplo. Había que hacer un estadio cerca de sus casas, donde ojalá
a la gente no tan linda, sin auto lindo, le costara mucho llegar. Había que
alejar al club de las masas, aunque parte importante de esas masas fueran
incluso más dueñas del club que ellos mismos. Había que robárselos, aunque con
eso se robaran la esperanza, los sueños de grandeza. La posibilidad de tener
una fuerza tal que el sólo convencimiento de la hinchada permitiera tener la
esperanza de revertir hasta la más difícil de las situaciones.
No solo fueron
alejando al club de la gente, sino también usándolo para sus fines; un juguete
de fin de semana no requiere mucha profesionalización ni excesiva dedicación de
tiempo. Podría armar una extensa lista de dirigentes ineptos que, con escaso
conocimiento en el mejor de los casos, fueron manejando la institución y
tomando las nefastas decisiones que nos tienen hoy, aunque nos duela, un par de
escalones más abajo que los clásicos rivales. Más larga sería la lista de
jugadores que trajeron, extranjeros en su gran mayoría, que fueron verdaderos
desastres, tongos. Transferencias, sueldos, contrataciones, divisiones menores,
todo mal asesorado, mal decidido, por gente sin capacidad pero con apellido
bonito y buenos contactos. Recursos desperdiciados por años que hoy explican
que los clásicos rivales estén un par de escalones más arriba. Decisiones que
siguieron alejando a los hinchas, que nos fueron atando con una etiqueta de cuicos y segundones que muchos no estaban dispuestos a aceptar.
El daño que le han
hecho al club es enorme, ojalá no irreversible. Esa banda de ladrones con
corbata ha logrado transformar a la UC en un club casi exclusivo. Casi. Porque,
aun a pesar de todos sus esfuerzos, no han logrado excluir a todos los hinchas
de verdad. No han logrado extinguir todas las banderas cruzadas de la Vega
Central. No han podido (ni podrán jamás) evitar que esos pocos pero locos
hinchas lleguen a todos lados, con viento, frío o lluvia, a alentar a la UC, a
entregarle su corazón. Esos tres mil que llegaron hoy. Esos que saben que el
amor no se demuestra compartiendo la alegría, sino acompañando en el dolor.
Esos que hacen que, aún cuando en la derrota la pena haya dado paso a la
resignación, sigamos teniendo esperanza.



